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LA TRAGEDIA Y EL VIAJE
Por alguna razón,
posiblemente lo difícil que es entender para un profano que un aparato
de tanto peso y consistencia pueda elevarse, volar y descender, no creo
que nadie esté exento de un cierto nerviosismo cuando, ya embarcado, el
avión comienza a rodar por la pista para emprender el despegue.
Nerviosismo que nos acompaña también en los instantes de aterrizaje y
aquellos en que las turbulencias, en algunos casos, se dejan notar. Sin
embargo, el automóvil o el tren, en cuyos asientos nadie parece tener el
menor miedo al accidente, son vehículos donde la estadística da peores
resultados. Aún cuando en la imaginación humana el afán de volar siempre
ha estado presente, llegada la época en que la ciencia y la técnica lo
consiguieron, resultó y resulta tan sorprendente su resultado, que
siempre hay un hilillo de preocupación en quien viaja por el aire.
Desde el miércoles 20 de
Agosto vivimos en Madrid, en Las Palmas y en todos los lugares donde ha
llegado la noticia, un auténtico luto, una compasión por los fallecidos–
en mi caso cristiana y solicitante de caridad divina- y una solidaridad
con los heridos y con los familiares de todos cuantos componían la lista
de pasajeros y la tripulación del avión de Spanair. Pero también, un
cierto grado de desazón, sobre todo por parte de los que frecuentemente
utilizamos los servicios de las líneas aéreas. Sabemos que nos ofrecen
medios de transporte seguros, pero basta un caso fortuito de la horrible
extensión del sucedido, como para ponernos los pelos de punta y hacernos
reconsiderar la casi total naturalidad con que venimos viajando, en
Spanair y en muchas otras Compañías, desde hace más de 50 años.
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