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Jordania, cuna de civilizaciones
Juan Luján. Periodista. Director de Crónica del Turismo. Miembro de FijetEspaña
 

Jordania es un país de cultura, belleza y sorprendentes contrastes.

Es una tierra antigua y un Reino moderno, que ofrece al viajero una fascinante diversidad, seguridad y la tradicional hospitalidad de su pueblo. Pocas naciones pueden presumir de una afinidad tan próxima a las grandes épocas de la historia del mundo y no muchos más disfrutan de su agradable clima.

En Jordania descubrí cultura, naturaleza, historia... y siempre los sabores y olores de su cocina, algo más que una simple cuestión de sustento: alimenta el alma y reafirma la hospitalidad de un pueblo que sin duda no olvidará.

Comienza el viaje

El viaje lo inicié en Amman, la Filadelfia grecorromana y moderna capital de Jordania. La ciudad es un activo centro comercial y administrativo con excelentes infraestructuras y múltiples atractivos culturales, entre otros los restos del Templo de Hércules o el gran Teatro Romano.

Muy próxima a la capital, se encuentra la antigua Gerasa, hoy Jerash, una ciudad romana perfectamente conservada con el atractivo de llevar habitada de forma continua desde hace más de 6500 años. El camino del Norte me llevó hasta Pella, hoy Tabaqat Fahl, en las estribaciones del Río Jordán que atesora numerosas antigüedades del Antiguo y Nuevo Testamento. La actual Umm Qays en la que Jesucristo hizo el milagro de los cerdos de Gadara ofrece al viajero vestigios tan destacables como el teatro de piedra negra o el mausoleo subterráneo.

El camino del sur

Recuperando de nuevo Amman, la Autopista del Rey, un camino con más de 5000 años de antigüedad, me ayudó a recorrer los más memorables periplos de Tierra Santa. En el camino descubriremos Mádaba, la vieja ciudad de los mosaicos  topándome con el Monte Nebo, uno de los lugares más venerados de Jordania, que acoge el monumento a Moisés y el lugar donde posiblemente fue enterrado el profeta. En las proximidades se encuentra también Macharus (Mukawir), la fortaleza de la cima de la montaña donde fue degollado Juan El Bautista y Umm ar-Rasas, tesoro de obras bizantinas.

Petra y el desierto

Petra, la antigua ciudad de los Nabateos es sin duda uno de los tesoros nacionales de Jordania. Su atractivo procede de su especial emplazamiento en el interior de una estrecha garganta del desierto.

Desde la entrada, me adentré a pie a través del impresionante Siq, una inmensa grieta en la piedra de arenisca que se abre a lo largo de un km entre profundos acantilados. El monumento más famoso de Petra, el Tesoro, aparece de repente, al final del Siq. Los diversos caminos y escaleras dejan ver cientos de edificios, fachadas, tumbas, baños, templos, incluso un teatro.

Y después de Petra, el desierto, salpicado de castillos, fincas agrícolas, fuertes... Imposible perderse la visita a Qusayr Amra, un castillo construido en el siglo VIII en plena estepa Jordana que sorprenden por las múltiples pinturas al fresco que cubren todo su interior.

Más al sur se levanta el majestuoso Desierto de Wadi Rum donde alternan montañas de tonalidades amarillas y rojas con interminables espacios vacíos, un paraíso para amantes de la naturaleza y quien busca su propia paz interior. Y cerca del desierto, el mar. Aqaba es la única ciudad portuaria de Jordania.

Sus aguas cristalinas y su clima la convierten en un destino ideal para los amantes de las inmersiones y los deportes náuticos.

Tierra de fe

Espiritualmente, Jordania se encuentra en el corazón de Tierra Santa, de las castas de Abraham, cuna y camino de profetas como Mahoma, Moisés, Lot, Elías, Jesucristo... Jordania enlaza también con la Meca, Medina y Jerusalén y alberga tres centros religiosos de gran valor para el Islam: el lugar de la batalla de Mutah y los dos sitios de las batallas de Yarmouk y Fahl.

Mar de sal

De nuevo hacia el norte, entre los pliegues del Valle del Jordán, me topé con el Mar Muerto, el punto más bajo de la tierra, que atesora un gran legado histórico, de naturaleza y espiritual. Allí pude relajarme en sus amables aguas sin hundirse y disfrutar de las bien conocidas cualidades curativas de sus fangos.