Jordania es
un país de cultura, belleza y sorprendentes
contrastes.
Es
una tierra antigua y un Reino moderno, que ofrece al
viajero una fascinante diversidad, seguridad y la
tradicional hospitalidad de su pueblo. Pocas
naciones pueden presumir de una afinidad tan próxima
a las grandes épocas de la historia del mundo y no
muchos más disfrutan de su agradable clima.
En Jordania
descubrí cultura, naturaleza, historia... y siempre
los sabores y olores de su cocina, algo más que una
simple cuestión de sustento: alimenta el alma y
reafirma la hospitalidad de un pueblo que sin duda
no olvidará.
Comienza el
viaje
El
viaje lo inicié en Amman, la Filadelfia grecorromana
y moderna capital de Jordania. La ciudad es un
activo centro comercial y administrativo con
excelentes infraestructuras y múltiples atractivos
culturales, entre otros los restos del Templo de
Hércules o el gran Teatro Romano.
Muy
próxima a la capital, se encuentra la antigua Gerasa,
hoy Jerash, una ciudad romana perfectamente
conservada con el atractivo de llevar habitada de
forma continua desde hace más de 6500 años. El
camino del Norte me llevó hasta Pella, hoy Tabaqat
Fahl, en las estribaciones del Río Jordán que
atesora numerosas antigüedades del Antiguo y Nuevo
Testamento. La actual Umm Qays en la que Jesucristo
hizo el milagro de los cerdos de Gadara ofrece al
viajero vestigios tan destacables como el teatro de
piedra negra o el mausoleo subterráneo.
El camino
del sur
Recuperando
de nuevo Amman, la Autopista del Rey, un camino con
más de 5000 años de antigüedad, me ayudó a recorrer
los más memorables periplos de Tierra Santa. En el
camino descubriremos Mádaba, la vieja ciudad de los
mosaicos topándome con el Monte Nebo, uno de los
lugares más venerados de Jordania, que acoge el
monumento a Moisés y el lugar donde posiblemente fue
enterrado el profeta. En las proximidades se
encuentra también Macharus (Mukawir), la fortaleza
de la cima de la montaña donde fue degollado Juan El
Bautista y Umm ar-Rasas, tesoro de obras bizantinas.
Petra y el
desierto
Petra,
la antigua ciudad de los Nabateos es sin duda uno de
los tesoros nacionales de Jordania. Su atractivo
procede de su especial emplazamiento en el interior
de una estrecha garganta del desierto.
Desde la
entrada, me adentré a pie a través del impresionante
Siq, una inmensa grieta en la piedra de arenisca que
se abre a lo largo de un km entre profundos
acantilados. El monumento más famoso de Petra, el
Tesoro, aparece de repente, al final del Siq. Los
diversos caminos y escaleras dejan ver cientos de
edificios, fachadas, tumbas, baños, templos, incluso
un teatro.
Y después
de Petra, el desierto, salpicado de castillos,
fincas agrícolas, fuertes... Imposible perderse la
visita a Qusayr Amra, un castillo construido en el
siglo VIII en plena estepa Jordana que sorprenden
por las múltiples pinturas al fresco que cubren todo
su interior.
Más
al sur se levanta el majestuoso Desierto de Wadi Rum
donde alternan montañas de tonalidades amarillas y
rojas con interminables espacios vacíos, un paraíso
para amantes de la naturaleza y quien busca su
propia paz interior. Y cerca del desierto, el mar.
Aqaba es la única ciudad portuaria de Jordania.
Sus aguas
cristalinas y su clima la convierten en un destino
ideal para los amantes de las inmersiones y los
deportes náuticos.
Tierra de
fe
Espiritualmente,
Jordania se encuentra en el corazón de Tierra Santa,
de las castas de Abraham, cuna y camino de profetas
como Mahoma, Moisés, Lot, Elías, Jesucristo...
Jordania enlaza también con la Meca, Medina y
Jerusalén y alberga tres centros religiosos de gran
valor para el Islam: el lugar de la batalla de Mutah
y los dos sitios de las batallas de Yarmouk y Fahl.
Mar de sal
De
nuevo hacia el norte, entre los pliegues del Valle
del Jordán, me topé con el Mar Muerto, el punto más
bajo de la tierra, que atesora un gran legado
histórico, de naturaleza y espiritual. Allí pude
relajarme en sus amables aguas sin hundirse y
disfrutar de las bien conocidas cualidades curativas
de sus fangos.