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LA MAGIA DE LANZAROTE 

Lanzarote, llamada Capraria en la antigüedad, es la isla más oriental del archipiélago canario y también la más sorprendente. Los siete municipios que la conforman tienen particularidades que los diferencian y un denominado común: Diecisiete millones de años de antigüedad.

La isla es volcánica y se cuentan en ella  hasta a 300 cráteres que han configurado el paisaje actual después de las distintas erupciones. Cuando los volcanes vomitaron ríos de lava (años 1730-1736 y 1824) cubrieron los pueblos y los campos de toda la isla en sus 28 kilómetros de longitud e hicieron de sus pobladores los más pobres de Canarias. Hoy Lanzarote es una de las 360 reservas de la Biosfera y, aunque aparente un suelo estéril, viven en ella especies vegetales hasta un número de 180, cuyo proceso biológico comienza en los líquenes sobre las rocas, de donde obtienen sus nutrientes. Pero del “mar de piedra rizada“ en que se convirtió el terreno insular, han logrado sus gentes, con gran esfuerzo y tesón, la espectacular isla de hoy, llena de vegetación, y, aunque por la escasez de lluvia las plantas crecen lentamente, es como un milagro poder recorrerla entre verdor y flores.

Los vientos llevan tierra que es depositada en los huecos rocosos, hasta lograr prados flanqueados por piedra de lava obscura y rizada, sorprendiéndonos el cambio de paisaje según el municipio que se visite. La sorpresa surgirá también en las excursiones por las diferentes rutas: Nos mostrarán que bajo las tierras negras hay una vegetación única en los Jameos del Agua, en la Cueva de los Verdes o en la Casa Fundación de César Manrique. Nunca serán suficientes las teorías naturales y científicas para explicar las sensaciones sobrecogedoras que provoca Timanfaya, porque recorrer ese Parque es para el viajero una experiencia única. Si ha llovido, la lava se cubre de escarcha y semeja un campo de nieve. Las montañas de fuego, que así llaman a  las colinas volcánicas de Timanfaya, nos asombrarán en su cromatismo natural y los cráteres abiertos, que vomitaron lenguas de desastre y desolación, hoy producen asombro a los que lo contemplan desde el autobús que, durante una hora y por 6`60 euros, les deparará sensaciones intemporales y extraterrestres, acompañadas de sinfonías de otro planeta, En Timanfaya señorea solitaria “la vinagrera”, que traída para pasto de camellos y cabras, al ir despareciendo estos animales, se ha ido adueñando del paisaje hasta hacer necesario ir eliminándola en parte. Pero serán el silencio, y sólo el silencio, y una suave brisa la que moverá fantasías en la imaginación de quien, expectante, observa la maravillosa naturaleza. A la montaña le daba la luz aquella mañana en que yo la visité, y una tela de tornasol parecía cubrirla mientras las nubes blancas acariciaban, hechas algodón, a las negras piedras, a las rojas piedras, a las amarillas y verdes piedras que un día arrojó el volcán. Fallas escarpadas entre colores únicos, neblinas en la falda atrayendo lo irreal, “figuras de piedra jugando a las cartas” dibujadas por las rocas en el horizonte, y el “corazoncillo” que se queda dentro del cráter del volcán …¡porque es una pequeña flor!

Pero hay que visitar también Mozaga, el centro de la isla desde todos los puntos, donde está situado el Monumento al Campesino y las zonas de viña ( San Bartolomé, Tías y Yaiza ), y observar lo curiosos que son los zocos (medias circunferencias pétreas que protegen las cepas) y el ingenio de su inventor. También Yaiza, que ahora vive del turismo, antes lo hizo de la sal, y de su puerto de Playa Blanca, los barcos la cargaban desde un almacén cuyo nombre lleva ahora un restaurante: “Almacén de la sal”.

Ascendiendo al Norte en excursión hacia El Mirador del Río, el paisaje nos ofrecerá una visión distinta y nos acercaremos a Orzola, pueblecito marinero donde, desde la cima de las montañas las “Alas Delta” descienden hasta la playa. En Arrecife, sede del Cabildo y capital de la isla, se apunta el futuro de modernidad en su nuevo Paseo, inaugurado recientemente, y en la rehabilitación de los Castillos de San Gabriel y de San José, y el Museo Internacional de Arte Contemporáneo, recuperado, como tal, por César Manrique,

De vez en cuando, a lo largo del periplo isleño surgen los molinos que recuerdan a los de la Mancha y que, al igual que antiguas salinas abandonadas, delatan un pasado lleno de trabajos duros y mal remunerados, hoy superado gracias a la prosperidad del turismo atraído por tantos datos positivos entre los que no es el menos importante la sensibilidad de los lanzaroteños

No es sólo la temperatura ideal de 18 a 22 grados de que disfrutan todo el año, ni los magníficos hoteles – el Volcán Lanzarote es uno que quisiera nunca olvidar – ni los pueblos blancos en el litoral que semejan espuma de mar al entrar en la tierra volcánica, ni el exotismo de los dromedarios que se ponen furiosos cuando se les lava, pero que, en sus lomos permiten un paseo durante 20 minutos hasta la colina, mientras la imaginación nos lleva a travesías desérticas en países lejanos, ni la impresión de eternidad de Timanfaya, ni el verdor de la semipreciosa “olivina”, ni el recuerdo de las “chalavitas” varadas en la negra arena, ni la pesca en Punta Mujeres, ni las grandes plantaciones de “tuno”, donde se cosecha la cochinilla, ni la historia del “burro majarero”, animal salvaje que vive suelto y cuya extinción se pretende ahora evitar, ni la leyenda de Juana Rafaela y la Virgen de los Dolores, Patrona de la isla, ni tampoco la agradable y sedante compañía del taxista Fortunato que nos mostraba la isla como parte de si mismo, lo único atractivo. Además de todo ello, serán los días y las noches vividas, rodeada del ambiente tranquilo y armonioso que esta isla ofrece, haciendo que las vacaciones sean una estancia en el Paraíso, lo que me hará VOLVER.

Maria Teresa Aguiló Sanmartín