|
He
tenido estos días el privilegio de asistir a la Semana de Pasión de
Lorca, y debo anticipar que vuelvo embargado por un cúmulo de
sentimientos que suman, en su conformación, devoción, disciplina,
arte, grandeza y generosidad.
Conocía, y los
admiro, los desfiles procesionales de Castilla –Valladolid y Zamora
ante todo-, los de Cartagena, y los andaluces –Sevilla y Málaga en los
primeros puestos- y debo a Leoncio Collado Rodríguez, ya mi amigo,
entusiasta concejal de Turismo de Lorca, entre otros campos, el
haberme sentado en las tribunas del recorrido por donde toda una
ciudad extiende, especialmente el Jueves y el Viernes Santo, la
memoria espectacular del tiempo bíblico y el dolorido recuerdo de un
Dios crucificado y una Virgen madre sumergida en la amargura ante tal
trance. Para dar una mínima idea de lo que supone ese desfile de
carrozas y Tronos, ese esfuerzo de los Pasos, esa escenificación
callejera de imperios y poder, que en ocasiones se remonta más allá de
tres mil años, en contraste con la Pasión de Cristo, habría que
disponer, al mismo tiempo, de la prosa consistente de un Kazantzakis,
del verso de Unamuno y de la magia colorista de Gabo García Márquez, y
aún así, del crisol de tan distinguidas expresiones literarias, no
saldría, tan bello como el asunto lo requiere, el Canto que pudiera
hacer vivir en el lector lo que realmente es la Semana Santa de Lorca;
como se dice, una Pasión diferente. Los medios audiovisuales lo tienen
más fácil, porque esa Semana Santa es un lujo de imágenes y sonido.
La
Pasión de Lorca es el resultado de un esfuerzo llevado a cabo, día a
día, desde 1855, por todo un pueblo agrupado mayoritariamente en dos
Pasos, el Blanco y el Azul, junto a otros que muy bien los completan,
como el Encarnado, el Morado, o el Negro. El Paso Blanco, formado por
los integrantes del Muy Ilustre Cabildo de Nuestra Señora La Virgen de
la Amargura, tiene su sede en la iglesia de Santo Domingo, que es como
un cofre de oro, donde también disponen del Museo de Bordados, con una
exhibición de mantos y ropajes realizados con puntadas de seda, tan
magistrales que sólo David Torres del Alcázar, su joven director, es
capaz de explicar y, al hacerlo, de tener embobados a cuantos le
escuchamos describir el esfuerzo de una técnica y un arte que exige
años y años de esfuerzo de las bordadoras y del director de cada obra,
hasta el punto de que cada una de esos particulares y manufacturados
“tapices”, de ponerse en venta, alcanzarían precios millonarios en
euros. Por eso, no es extraño que, como premio, en alguno de los
mantos, que describen escenas bíblicas o evangélicas, se haya
permitido bordar como caras de ángeles a sus propias autoras. Pocas
veces uno se siente tan impotente como a la hora de querer ofrecer a
sus lectores una evocación de los que son esas obras de arte del
bordado lorquino donde la seda adquiere matices insospechados y el
conjunto resulta espectacular; más vistoso aún cuando, ya en la
procesión, las ricas telas se extienden sobre los hombros de los
penitentes o de las figuras bíblicas o de las Vírgenes o de los
caballistas que acompañan el cortejo procesional.
El
Paso Azul lo integra la Hermandad de Labradores y tiene su casa en la
Iglesia de San Francisco, donde su Presidente, José Antonio Mula,
llevó al grupo de periodistas de varios países, llegados para la
ocasión, hasta el bellísimo camarín de oro y espejos, donde, ocupando
el centro del altar mayor, se venera la Virgen de los Dolores. Además
les puso al día, con detalle y fervor, sobre el Paso que preside, a lo
largo de un recorrido por lo que fue convento y ahora es taller de
bordado y de atención constante a todo el impresionante guardarropa
integrado por un amplio inventario de los célebres mantones bordados,
capuces, calzados, coronas, banderas, pendones, candelabros, cruces,
hachones, cetros, flores y adornos de todo tipo.
Llegados
ya a la apoteosis de la escenificación religiosa, del Jueves y Viernes
Santo, asombran las dimensiones, el diseño y el adorno de las carrozas
en las que aparecen, con toda la pompa de los más antiguos tiempos,
Nabucodonosor o la hija de Ramses II, madre adoptiva de Moisés, o
Cleopatra u otras figuras bíblicas, acompañadas de bandas de música
interpretando los sones ya clásicos de las mejoras óperas relacionadas
con cada figura, o de distintas marchas. Y con una disciplina
absoluta, los organizadores van midiendo los tiempos de tal modo que
el recorrido no sea un mero pasar, sino una exhibición de autentico
museo rodante. Entre las carrozas, las bandas, los pendones flameando
por el esfuerzo titánico de los portadores, y las hileras de los
penitentes, los caballistas realizan todo tipo de números de doma y
las cuadrigas y los carros romanos– algunos con tiros de seis
caballos- dirigidas por Julio César o por Marco Antonio o por Débora,
la profetisa de Israel, o por Santa Elena, o por Antioco, o por otras
mujeres y varones de la antigüedad reencarnada, se lanzan al galope en
un espacio en el que parece que terminarán arrollando al grupo que les
precede, sin que jamás se de tal circunstancia dada la precisión de
los aurigas y la de sus ayudantes en el enarenado paseo. Caballistas
que obligan a los cuadrúpedos a realizar cabriolas, remolinos,
saludos, y casi a volar, mientras otros grupos de jinetes se agrupan y
se separan con ritmo de ballet, traen a la actualidad la memoria de
las caballerías israelitas, egipcias, etiopes o seleúcidas. Y, como
resumen de todo este desfile, alegórico y realista al mismo tiempo, la
carroza del Triunfo del Cristianismo por donde la procesión ensambla
con su otro contenido, el de la devoción ante la Pasión de Cristo
Cada
Paso, tiene su orden y su concierto de instrumentos varios acompasados
por atabales, tambores, gons. Recae el peso principal en los Blancos
y los Azules, y ambos, con la misma visión del procesional relato a
pie de calle, se reparten las figuras bíblicas o traen al desfile, con
fervoroso esfuerzo, sus Tronos de Crucificados o Vírgenes titulares. Y
es de ver el “pique” amable, pero salido de lo más profundo de las
gargantas; el diálogo que los espectadores mantienen a la caída de las
dos tardes santas. En las tribunas de este recorrido de Lorca surgen
al paso de las Vírgenes los gritos de “guapa, guapa, guapa”, incluso
acompañados por las bandas al hilo musical de una canción popular,
mientras una copiosa lluvia de pétalos cae desde los balcones
engalanados. Y, como en las tribunas hay una cierta agrupación por
colores, allí donde surgen los pañuelos de un color o de otro,
saludando a las imágenes y formando un mar azul o un cielo de albas
nubes, según los casos, tan pronto un “Azul” alza su voz para
preguntar a quienes sabe de su misma devoción, ante el paso de un
Trono o agradeciendo una emocionante cabalgada o paso de doma : “¿Sois
azules?, recibe un colectivo y atronador “síiii...” por respuesta, en
tanto que, en otra tribuna, se lanza un: “¿Queréis ser Azules? ,
contestado por los Blancos con un imponente “noooo..., que el azul
destiñe”, o ingeniosidades parecidas. Entre carroza y carroza, los
caballistas se lucen, envueltos en los riquísimos mantos bordados, que
extienden sobre los lomos y la grupa de los más señoriales caballos de
Lorca, y sobre los también llegados para esta importante ocasión de
Menorca, de Jerez y de otros lugares.
Cite
al principio entre los motores de mi sentimiento, la generosidad y
quiero justificar su invocación en este texto, aplicándola a la de sus
gentes, expresiva, no sólo en el esfuerzo diario que realizan para
obtener el resultado brillante -que tan sumariamente he traído hasta
este artículo- sino en el sacrificio concreto de hombres y mujeres.
–los grupos son mixtos– que llevan sobres sus hombros los varales de
los Tronos religiosos, alzándolos y bailándolos a lo largo de la
procesión, y también por el afecto que derrochan hacia el visitante.
La Semana Santa de Lorca es una fiesta de interés turístico nacional,
pero que, sin duda, es hora ya de declarar Fiesta Internacional, a
juzgar por el número de extranjeros que he visto por sus calles estos
días y del interés que ha movido a desplazar hasta allí además de
Agencias, como Open Comunicación, prensa, radio y televisión nacional
y regional, también a emisoras de radio y televisión y a periodistas
de Estados Unidos, de Alemania, de Bulgaria, de Francia, de
Inglaterra, de Italia, de Polonia, de Chile y de Colombia,
refiriéndome sólo a los que he tenido el gusto de saludar y que
probablemente no eran los únicos. Espero que mis colegas tengan mejor
pluma que la mía para poder trasmitir con toda la fuerza verbal que se
merece esta Semana Santa que es, desde luego, la más original que
conozco, y eso que por no alargar mi colaboración omito lo que supone
la descripción de la impresionante acogida que dan Blancos y Azules a
la entrada de la respectiva Virgen en cada uno de sus santuarios.
MIGUEL
ÁNGEL GARCÍA BRERA |