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EL 49º:UN CONGRESO FLUVIAL DE FIJET
Con
motivo de celebrarse, en Egipto, el 49º Congreso Internacional de
FIJET, casi dos centenares de periodistas , muchos con sus acompañantes,
hemos vivido una semana inolvidable. El Congreso se inició a El Cairo, esa
urbe inmensa y variopinta, donde conviven todas las razas y civilizaciones
en un aparente caos, que no es tal gracias al sentido tolerante, amable y,
por lo general muy paciente de la población. Una ciudad en la que incluso
el cementerio, con el paso del tiempo, se ha convertido en barrio inmenso,
donde los vivos ocupan los panteones, conformando un fenómeno sociológico
notable, e incluso dando lugar, hasta no hace mucho, a un circuito de
interés turístico.
LAS PIRÁMIDES, MARAVILLA DE LA HUMANIDAD A LO
LARGO DE MILES DE AÑOS
Los
congresistas visitaron el barrio de Gizeh, donde las pirámides
imponentes desafían al tiempo y la Esfinge lo interroga, dejándonos la
misma sensación que expresé en un verso recogido en mi libro Pasión por la
Justicia: “el tiempo es una cosa sin sentido con ángeles y locos”. Los de
FIJET nos acercamos también al barrio copto, en el que las iglesias
cristianas se abren al visitante con sus iconos dotados de ingenuidad, y
recuerdos evangélicos. En la de San Sergio, en la que parece se refugió la
Sagrada Familia, en su huida de Herodes, nos abordó un joven de unos
veintitantos años, para ofrecerme, en español, una explicación del templo,
gratuita y movida por su sentido del apostolado al declararse cristiano
copto. Acepté sus servicios, que fueron excelentes, y me encantó comprobar
que él – un muchacho egipcio, tal vez nubio por su tez obscura - y yo – un
creyente español – rezábamos al mismo Dios y creíamos en el mismo Cristo.
También me agradó saber que un país donde tanto se juega al regateo y a la
inveracidad que comporta, en cuyos bazares los vendedores aseguran
regalarte cosas que dejan en tus manos, como principio de un diálogo para
luego ponerle precio e iniciar el regateo, mi esporádico cicerone, se negó
en redondo a aceptar los euros que le alargaba al despedirme, mientras me
decía: “Lo he hecho con gusto, porque soy creyente y me gusta enseñar mis
iglesias”.
LA CIUDADELA Y EL INMENSO MUSEO EGIPCIO
Visitamos
también la Ciudadela, debida a Saladino, que data del año 1183, y una vez
más recé a mi Dios en la gran mezquita de alabastro, construida en 1830
por orden de Mahamed Ali, porque para mi cualquier templo de cualquier
religión me acerca al Dios que está en todas partes. Motivos para rezar
hay sobrados en esa mezquita, de estructura grandiosa, en cuyo interior –
los pies descalzos, claro - uno se siente pequeño y emocionado ante la
calidad artística de cada bóveda, fachada o arco, y sorprendido al hallar
en ella la tumba de Ali Pacha, y, en el patio, el regalo francés de un
extraño reloj que nunca funcionó, mientras su correspondiente egipcio fue
el Obelisco que se alza en Paris, en la Plaza de la Concordia .
Toda una mañana la vivimos en el Museo de El Cairo, excepcional vitrina,
donde se amontonan las reliquias del pasado con tal profusión y variedad,
que podrían pasarse meses enteros y no se habría visto todo con el detalle
que merecen las hermosas piezas; tanto las colosales como las diminutas.
Por poner algún ejemplo, la firmeza del Escriba, la ternura de la mujer en
el conjunto de la familia del enano, y, la sala dedicada a Tuntakamon,
-faraón de notoriedad mundial, pese a su paradójica pequeña importancia,
pues murió a los 18 años, tras reinar seis-, que recoge parte del tesoro
hallado en su tumba inviolada por Howar Carter, en 1922, permiten tomar
contacto con un
mundo tan maravilloso que no admite descripción y hace surgir en cada
persona diversos sentimientos ligados, predominantemente, a la ternura, a
la estética o a la metafísica.
Como
no podía ser menos, no falto en el programa el tiempo para compras, con
recorrido por el célebre mercado de Khan el Kalili, que nos ocupó media
tarde y supo a poco, ante la avalancha de ofertas tentadoras en un
ambiente de regateo y colorido inimaginable. Algunos fumaron una shisha en
el café Fishawy, creyendo ver entre sus muros la sombra de Naguib Mahfoud
y de otros célebres escritores y artistas que hicieron célebre el lugar
con su habitual presencia.
EN BUSCA DEL NILO Y DE LOS IMPRESIONANTES TEMPLOS
DE LUXOR Y KARNAK
En
días sucesivos, el grupo – procedente de 17 países – se desplazó en avión
hasta Luxor para buscar al padre Nilo. Y no fueron suficientes los
carretes ni las cargas digitales para atesorar el asombro, la emoción, la
curiosidad y la admiración que en el centenar largo de periodistas y en
sus acompañantes produjo el paseo sosegado por delante de las esfinges con
cabeza femenina o, de los carneros, según fuera el templo de Luxor o el de
Karnak el espacio visitado, en la tierra tebana. Columnas de lotos,
colosales figuras de faraones y reinas, de dioses de la amplia mitología
egipcia, espacios labrados con escenas históricas o relatos fúnebres, se
agolpan en esos monumentos que, aunque en ruinas, milagrosamente han
resistido, con todavía imponente aspecto, el peso de los siglos y el paso
de los países depredadores, cuyos museos llenaron con el expolio ajeno.
También desde Luxor, un excitante paseo, con prólogo en los gigantescos
colosos de Memnon y visita al templo de Hatshepsut, escavado en las rocas
del Valle de las Reinas, finalizó en el de los Reyes y permitió a los
periodistas el descenso a las tumbas de algunos faraones, verdaderas
capillas subterráneas donde la perfección de los dibujos, del color, de
las alegorías y del ritmo – con cadencia cinematográfica – hace pensar
que, de haber podido ver los muertos su entierro, habrían tenido la
seguridad de estar abordando el Paraíso.
CONGRESO A BORDO, NAVEGANDO EN TORNO A LA BELLEZA
Tras el periplo por Tebas, -tan evocada en aquellos libros que se
estudiaba en el bachillerato de los años cuarenta, el Congreso de FIJET,
que había celebrado varias sesiones de trabajo en El Cairo, se embarcó.
Viajé en el Nile Sapphire, dotado de camarotes amplios, bien amueblado,
con varios salones, terraza con piscina y comedor bien servido, con buffet
de calidad.
El
recorrido de las dos naves en que hubo de dividirse el grupo difícilmente
se borrará de la pupila de los viajeros, por mucho tiempo que pase. Las
orillas del amplio río, de aguas muy limpias en este viaje –en otros, debo
decirlo, no ha sido así- eran postales reales de pátina beige donde se
agolpaban los niños que jugaban al marro, o con su balón de trapo, o se
tiraban al agua para nadar o lavarse, mientras unos ganaderos limpiaban un
buey-búfalo y otros un tiro de caballos, o las mujeres hacían la colada
como en una nacimiento navideño. En ligeras embarcaciones, los pescadores
se desplazaban, de a dos, para uno ir golpeando las aguas y el otro
tendiendo la red donde los asustados peces eran recogidos. Bordeando la
orilla verde, apenas una franja delante del desierto, las iglesias y las
mezquitas, los edificios árabes y blancos y los de adobe, sencillos, los
cañaverales y las palmeras imponentes en todo el recorrido.
Ese crucero por el Nilo sólo puede contarlo un escritor de primera, un Alí
Bey, un David Roberts o un Gozenbach, pero, en lo que a mi pequeño aporte
se refiere, no he de hurtar la visión espectral de las barquitas de
vendedores, pegándose a las amuras, aprovechando las arribadas del barco a
cada lugar de atraque. Al obscurecer, arrojaban a los turistas, asomados a
la terraza, desde las barcas, sus telas, sus collares, sus mantas y
manteletas, sus vestidos. Ni un lanzador de jabalina sería tan preciso
para hacerlo, además en vertical, de modo que las mercancías ascendían
directamente a las manos de los posibles compradores. Estos iniciaban el
regateo y se devolvía la pieza -pidiendo otro color u otra medida, o
definitivamente, cuando no había
acuerdo- o arrojaban por la borda el dinero convenido, tras muchos
regateos, envuelto en un plástico. Los gritos de los mercaderes,
enfundados en sus largas túnicas, en equilibrio sobre las frágiles barcas,
diciendo “amigo” o “señorita” o, inventando nombres de mujer para
dirigirse a cualquiera de las que tuviera un paquete en sus manos, o
utilizando el de alguien, cuando lo captaban por haberle llamado algún
otro del grupo, y las ofertas de los turistas, las contraofertas, y las
distintas conversaciones al mismo tiempo, sostenidas con los viajeros
desde media docena de siluetas varadas en las obscuras aguas, son un
espectáculo digno del coro de una Opera. Como también lo es, al anochecer
ver al barco saltar las esclusas de la presa.
RECORRIDO POR UNOS TEMPLOS SORPRENDENTES
En
el recorrido, entre escala y escala, la visita a los templos cercanos, a
veces con desplazamientos en calesa, otras en minibús o dando un simple
paseo, hay motivo para el comentario, para la breve charla con cuantos se
cruzan a tu paso, todos los cuales, sin excepción, te hablan, tras saber
que eres español, en una lengua reducida a cuatro frases y media docena de
palabras: “Hola, hola Coca-Cola”; “barato más que El Corte Inglés”; “mirar
no comprar”; “sólo uno uro” -no dicen euro-, “amigo”, “Real Madrid”,
“Barcelona”, “señorita”, “María”, o “Aly Babá”, si eres varón y luces
barba.
Aunque la mayor parte querrá venderte algo o que entres en una tienda
determinada, también hay guías espontáneos, y simples conversadores que
desean trabar una charla, sentirse amigos de alguien que, según mi
impresión, en muchos caos no será para ellos diferente de lo que fueron,
en los siglos XV y XVI, los abuelos españoles de las gentes de
Hispanoamérica para su otros abuelos indígenas. Y eso sí, si llevas al
lado una mujer, de algún modo querrán tocarla, creo que sin erotismo, sino
como se toca una piedra preciosa, y no dejarán de hacerte una oferta de
cientos de camellos a cambio de la dama.
Durante las escalas tuvimos ocasión de acercarnos a varios templos
cercanos a las orillas. El de Esna, es como un joyero con antigüedad de
3.358 años, y unas columnas, en su sala hipóstila, cuyos capiteles
diferentes atrapan la mirada y conmueven el sentimiento en sus expresiones
del papiro, la palmera, el loto y la caña. Dedicado a la trinidad egipcia
– Khnom, el padre creador y alfarero, la esposa y la hija Anuket y Seshat
– no puede dejar de emocionar a quienes nos interesan las coincidencias
significativas, sobre todo cuando vienen a confirmar creencias que, con
diferencias interesantes, parecen albergar en el corazón de los hombres de
todas las tierras desde los tiempos más antiguos. Admiración también al
llegar a Edfu y disfrutar de sus paredes cuajadas de jeroglíficos y sus
magistrales figuras talladas en la piedra, o al arribar a Kom Ombo,, que
aparece en la colina, cuando el barco se acerca, como una visión bíblica.
Al desembarcar, para diferenciar la visita, entre mil aspectos
interesantes, puede uno dejarse ganar por el nilómetro, inteligente
invento para medir las crecidas del río, por la serie de instrumental
quirúrgico que en uno de sus muros da idea de lo avanzada que fue la
civilización de los faraones, o por la sala donde ser conservan las momias
de algún cocodrilo. No en balde, el templo fue levantado en honor del dios
Sobek, cuyo cuerpo humano tiene la cabeza de aquél reptil. Nuestra última
visita fue a Philae, situado en la colina de una isla, tras ser rescatado
de las aguas de la cercana presa de Asswan. Dedicado a Isis, sus muros
contienen todo el relato del mito de Osiris, asesinado, despedazado y
arrojado a las aguas por donde su esposa, y hermana, la diosa titular,
vaga para recuperarlo, sin conseguirlo; de modo que es considerado el dios
de los muertos. El pabellón de Trajano ofrece un cálido ambiente
romántico, que ya se empieza a sentir cuando los congresistas han de
embarcar para una corta
navegación que les conduzca hasta él, o cuando se presencia, al atardecer,
el espectáculo de luz y sonido. Realmente Philae es un conjunto de templos
donde, incluso una parte, fue, en tiempos, iglesia cristiana; además
albergue de tropas napoleónicas, en cuya etapa el fuego de los moradores
dejó negro recuerdo en algunos muros y techos. También, en algún lienzo de
piedra, han añadido su nombre, a la lista de ignorantes, algunos turistas
de esos que no pueden pasar por un bello lugar sin dejar el detritus de su
insensibilidad.
CENAS DE GALA: EN TIERRA Y NAVEGANDO
El
grupo de asistentes al Congreso no ha dado de lado otro tipo de
actividades. Desde luego, las visitas son parte importante de esta reunión
anual, ya que de ella extraemos los datos que, a lo largo del tiempo, nos
servirán para dar cuenta de lo que hemos visto y proponer, como
periodistas especializados en turismo, a los futuros viajeros que no dejen
de ver lo que más nos ha llamado la atención. Pero hay que decir también
que en la terraza del barco, hemos celebrado nuestras asambleas y
reuniones de los Comités, aprobando el próximo Congreso en Eslovenia,
reformando Estatutos, acogiendo iniciativas varias y analizando la
situación del turismo en el mundo y la de las publicaciones de la
especialidad. Dos cenas de gala, en la capital egipcia, una bajo la
presidencia del ministro de Turismo egipcio,
Zohair Garranah, otra a bordo durante una corta navegación por el río a su
paso por El Cairo, con un delicioso espectáculo de danza, y una fiesta de
disfraces durante el crucero, animaron aún más, si cabe, este Congreso
cuyo buen desarrollo tanto debe a las autoridades egipcias, a Egipt Air, a
Salah Attia, presidente de la Asociación Egipcia de Periodistas de Turismo
y a sus hijos. Y, por lo que a España se refiere, al cónsul. Sameh Ahmed
El Ghamrawi y al Consejero de Turismo de la embajada egipcia, mi buen
amigo Magued Abou Sedera.
Desde
Asswan, tras visitar el obelisco inacabado, en las canteras donde se
labraban estos gigantescos monolitos, de manera inexplicable si pensamos
en la época, y todavía con tiempo para comprar los últimos regalos en sus
importantes tiendas, especialmente joyerías, cada cual regresó a su país,
vía El Cairo, seguramente, como yo, cargado de fantásticos recuerdos de
bellos paisajes, impresionantes monumentos y conversaciones interesantes
surgidas en amigables tertulias.
MIGUEL ÁNGEL GARCÍA
BRERA
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