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UNA BIEN DISTINTA, PERO CERCANA MÉRIDA, EN VENEZUELA

¿Qué Sentiría, en aquel año de 1588, Juan Rodríguez Suárez cuando avistó el paisaje grandioso de valles y ríos encerrados entre los altos cerros de este espacio virgen que luego llamaría Santiago de los Caballeros de Mérida?. Ahora que desde Caracas puede llegarse con facilidad hasta el aeropuerto de Mérida –tendido como una calle dentro de la propia ciudad, cuyo acceso requiere del viajero, si no quiere asustarse, una absoluta confianza en los pilotos-, contemplar las estribaciones de los Andes, y recorrer esta urbe, atravesada por dos ríos, cobijada entre la Sierra de la Culata y la Sierra Nevada, es algo subyugante.

Mérida es capital del Estado del mismo nombre y recorrer su casco antiguo es regresar al tiempo en que los reyes de España eran emperadores y en sus dominios no se ponía el sol. Es gozoso poder admirar edificios, como el de la Gobernación del Estado, o del Rectorado de la Universidad de los Andes, que fue Colegio Mayor, y hoy sede del Museo Arqueológico, con jardines llenos de encanto, construcción en piedra, ladrillo y madera perfectamente conjuntados, y artesonados en los que se posesiona el sonido suave de las cascadas ornamentales. La llamada Casa de Paredes, en recuerdo del prócer de la independencia, el General Juan Antonio Paredes, es ahora Museo de arte colonial en cuya contemplación una va y viene en el tiempo y se mezcla con la historia de dos continentes. La Casa de la Cultura y el Teatro ofrecen nuevas sensaciones. Tiene el Teatro la entrada por la calle de los artistas con sus cuadros expuestos a la contemplación del paseante como en un museo urbano y vivo. A un paso, el parque, que ocupa el centro de la plaza cuadrangular. Allí -¿cómo no?- el monumento a Bolívar; cercana la huella de Juan Pablo II, que hasta aquí quiso llegar también el Papa y de ello queda un recuerdo esculpido y amoroso. En otro costado de esta plaza, de no gran tamaño, se alza una catedral que sufrió incendios y avatares, construida en 1803, y prácticamente levantada de nuevo en 1960 por un arquitecto vasco. La capilla del Carmen y otras varias iglesias merecen también una visita.

UNA CIUDAD DE ALTURA

La elevación es el estado natural de esta Mérida venezolana. Elevación espiritual en sus gentes sencillas, hospitalarias como pocas, con una rusoniana ingenuidad que tiene su cautivadora expresión en el modo de tratarse los parlamentarios entre si, o en la correspondencia. Pero la elevación espiritual es en Mérida trasunto de la geológica. El Parque Nacional de Sierra Nevada, en las estribaciones andinas, con su Pico Bolívar de 5.007 metros, tiene siempre una caperuza nevada, como si llevara puesto un gorro frigio que concierta con el origen de esas expresiones a las que antes me refería. Es la cumbre más elevada de Venezuela, y se podía llegar a contemplarla sin esfuerzo, gracias al teleférico más alto y más largo del mundo. Unos meses después de haberlo utilizado en mi ascensión, tuvo un accidente y no se si habrá sido reparado en esta fecha. Desde la ciudad, que esta a 1.600 metros subía, respetando cuatro tramos con un recorrido de doce kilómetros y medio, hasta el Pico del Espejo que se alza 4.765. Ya en las alturas, desde Loma Redonda se va en mula, por estrecho camino de tierra, al pueblo de Los Nevados, donde subsisten poblaciones autóctonas apegadas a sus tradiciones y a sus sembrados. Hasta ahí he subido, contemplando bajo la cabina, un paisaje de árboles y vegetación de todo tipo, torrentes que descienden impetuosos, caminos inverosímiles. Y desde una de sus estaciones, he visto a mis pies la Laguna Negra, mientras el Pico Bolívar quedaba por encima de mi frente. Otras cumbres mezclan sus nombres con sensaciones de cercanía interior, como el de las Concha o, el Toro; alguno tiene nombre literario como El Espejo, o fiero como El León, o de homenaje como El Humboldt o El Bonpand.

CONTRASTE DE GLACIARES, PICOS ELEVADOS Y PLAYAS

El Estado de Mérida es tierra de contrastes, donde se conciertan los glaciares, con las playas del lago de Maracaibo y donde la naturaleza es tan exuberante que a su contorno geográfico le caben hermosas playas en el lago de Maracaibo, 12 ríos impetuosos y 424 lagunas con muy famosas truchas. La buena y típica gastronomía, la artesanía, sobre todo en madera, paja y papel maché –el mercado de Mérida con pintoresco muestrario y colorido merecería por si solo un reportaje- y los parques temáticos como los Aleros, Venezuela de Antier, o la truchicultura de Valle Rey, son un complemento ideal para el visitante que, además, siempre encontrará en restaurantes y tabernas buenas canciones, orquestas y ambiente de baile. El nivel cultural de Mérida es alto, como reflejo de su Universidad de los Andes. Si a su escudo en el que campea la cruz de Santiago, hubiera de ponerle un lema, le daría este: Mérida, ciudad para disfrutar de la vida sosegada y para construir amistades sólidas y sinceras.

Miguel Ángel García Brera

Presidente Ejecutivo de FIJET