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LOS VETTONES Y EL BOOMERANG DEL TIEMPO

Con un grupo de colegas, agrupados bajo la batuta de Enrique Sancho y su, bien organizada, “Open Comunicación”, me he acercado el viernes hasta Ávila, donde el Presidente de su Diputación, Agustín González, con la inestimable colaboración de la Jefa de Comunicación, Antonia Justicia Ventura –apellidos cuya conjunción dan para una tesis doctoral en Filosofía del Derecho-, ha dirigido el paseo hacia la altura de las murallas, primero, y luego lo ha puesto en marcha por tierra de los vettones.

Los periodistas hemos recorrido, en la Torre de los Guzmanes, palacio hermoso, de renacentista patio, y descomunal verraco pétreo a la entrada, las antiguas mazmorras y caballerizas, donde ahora se ha instalado una didáctica exposición sobre un pueblo que Roma sometió, tras dura batalla. Utensilios rescatados en los castros, reproducción de telares y cocinas, cuadros descriptivos donde los arqueólogos resucitan para el visitante los datos más expresivos de una cultura que pobló, entre otras, algunas  tierras de la provincia abulense, han llamado nuestra atención desde vitrinas y anaqueles separados por un fondo de murales donde los vettones, su vida y sus circunstancias  se han reproducido, al hilo de textos históricos como los de Estrabón, historiador, en cierto modo pionero en el periodismo viajero. Y, si la conclusión obtenida tras el contacto con tan lejano pasado permite considerar los avances de la humanidad, también mueve el corazón un rescoldo emocionado al pensar que casi todo en la vida del hombre estuvo inventado en los orígenes, mal que pueda ser entendido que algunos inventos, como la peculiar sauna de los vettones, no reunían la comodidad de las hoy existentes. Hay que añadir, en el bagaje del espectador ante exposiciones como ésta, un dolorido sentir al pensar cómo transcurre el tiempo, pasan los hombres, se superponen las culturas y en todo ese proceso evolutivo siempre está presente la guerra, la pelea, como algo que deviene inútil, absurdo, para quienes lo contemplamos en la distancia, sin ser capaces, pese a tales consideraciones, de eliminar de nuestro presente los enfrentamientos.

Tras un almuerzo de esos que posiblemente no tienen parangón en pueblo alguno, fuera de España, con las alubias de El Barco por entrante y un final de chuletón, de tanta calidad como sólo se encuentra en Cantabria o en el resto de la cornisa norte o en la sierra madrileña, los periodistas – a pesar de la llovizna; que el primaveral tiempo de los días anteriores no quiso continuar asistiéndonos el viernes – nos hemos dirigido al castro de La Mesa de Miranda, cabe el pueblito de Chamartín de la Sierra –dotado de una enternecedora aula arqueológica y de animosos colaboradores en las tareas de guía- para recorrer los tres recintos amurallados de ese emplazamiento prerromano. Muros de piedra bien trabajada, fosos y, como notable curiosidad, barreras de piedras hincadas como primer obstáculo a la entrada de posible enemigos –ahora serían campos minados– conducen a la meditación sobre el esfuerzo del hombre para defenderse o enfrentarse al hombre mismo, aunque sea de otra raza. Un enfrentamiento que al pasar del tiempo carece de sentido, si se piensa en cada uno de los seres que lo vivieron; y no ofrece mejor resultado que el visible en la necrópolis, constituida por montoncitos de guijarros, bajo los que se ocultan los pucheritos con cenizas de los muertos. Hasta tres mil tumbas descubiertas en el castro que visitamos, por quien excavó la zona; nada menos que Juan Cabré Aguiló, nacido en Calaceite (Teruel) y pariente de la periodista María Teresa Aguiló, también integrante de la expedición, no como mi esposa, sino a título propio de periodista especializada en turismo. Recuerdo a Young, y su análisis de las casualidades o coincidencias significativas: Me encuentro en la provincia de la castellana Ávila, la de Santa Teresa, con mi esposa, de igual nombre, y con igual apellido del arqueólogo que nació en el mismo lugar que  ella y anduvo por aquí sacando a la luz los restos del pueblo vetton derrotado por romanos que llevarían también el Aguiló – Aquilia, dirían ellos - sobre sus hombros.

Regresó el grupo a Madrid hacia la hora de la cena por una autopista de fácil transito, mientras, en el sentido contrario, la avalancha de automóviles expresaba el afán viajero del hombre actual. Posiblemente algunos de ellos estarán viendo hoy las mismas huellas del pasado que nosotros vimos ayer. En todo caso, bueno es avisar, para general conocimiento, que la monumental, y al tiempo recoleta, Ávila merece una amplia visita, más allá de su capital. La exposición de los vettones resulta más completa, si el visitante se acerca al castro ya mencionado o a los otros varios a los que se puede acceder, como El Raso de Candelada, Los Castillejos o las Paredejas. Toda una interesante cultura ibérica nos muestra allí su tiempo, en un entorno de encinas centenarias y paisajes de gran belleza, donde pastan las manadas dando la réplica real a sus enigmáticas esculturas – toros y verracos – cinceladas hace más de dos mil años, en piedra, por toda la zona.

MIGUEL ÁNGEL GARCÍA BRERA