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LA TRAGEDIA Y EL VIAJE
Por alguna razón,
posiblemente lo difícil que es entender para un profano que un aparato
de tanto peso y consistencia pueda elevarse, volar y descender, no
creo que nadie esté exento de un cierto nerviosismo cuando, ya
embarcado, el avión comienza a rodar por la pista para emprender el
despegue. Nerviosismo que nos acompaña también en los instantes de
aterrizaje y aquellos en que las turbulencias, en algunos casos, se
dejan notar. Sin embargo, el automóvil o el tren, en cuyos asientos
nadie parece tener el menor miedo al accidente, son vehículos donde la
estadística da peores resultados. Aún cuando en la imaginación humana
el afán de volar siempre ha estado presente, llegada la época en que
la ciencia y la técnica lo consiguieron, resultó y resulta tan
sorprendente su resultado, que siempre hay un hilillo de preocupación
en quien viaja por el aire.
Desde el miércoles 20 de
Agosto vivimos en Madrid, en Las Palmas y en todos los lugares donde
ha llegado la noticia, un auténtico luto, una compasión por los
fallecidos– en mi caso cristiana y solicitante de caridad divina- y
una solidaridad con los heridos y con los familiares de todos cuantos
componían la lista de pasajeros y la tripulación del avión de Spanair.
Pero también, un cierto grado de desazón, sobre todo por parte de los
que frecuentemente utilizamos los servicios de las líneas aéreas.
Sabemos que nos ofrecen medios de transporte seguros, pero basta un
caso fortuito de la horrible extensión del sucedido, como para
ponernos los pelos de punta y hacernos reconsiderar la casi total
naturalidad con que venimos viajando, en Spanair y en muchas otras
Compañías, desde hace más de 50 años.
Los periodistas
especializados en turismo tenemos una relación constante con los
aviones y en algunas ocasiones – aunque personalmente, nunca me ha
ocurrido – ha habido vuelos accidentados- como el célebre de una
lejana visita al entonces Sahara español- y vuelos terminados en
tragedia. Sin embargo, también en este apartado, cabe decir que los
periodistas muertos en accidente aéreo son un número infinitamente
menor que los caídos en razón de otras causas.
A mi modo de ver, si
alguna reflexión debemos hacer al hilo de la terrible noticia del
accidente de Barajas, no es otra que la de valorar nuestras vidas en
los que son, un préstamo de Dios –o del azar para los increyentes- por
tiempo indeterminado, cuyo fin no debemos temer, pero para el que
conviene hallarse preparado. Nadie va a morir en un vuelo donde Dios
no haya situado su final; ni nadie va a librarse de caer calcinado,
fusilado, golpeado, accidentado o enfermo, en el momento que ya tiene
señalado desde el día en que nació. Como quiere el poeta “vivamos la
vida de tal suerte, que viva quede en la muerte”, y, sin perjuicio de
acompañar nuestro desconocido diseño de futuro con ciertas
precauciones, no renunciemos, por temor a morir, a nada que, siendo
lícito, nos resulte atractivo o pueda contribuir al desarrollo humano,
a la comunicación, y al goce estético de nuestro prójimo.
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