Tradiciones
EN este país de sagradas tradiciones se inventan ritos festivos
todos los años. Algunos de los que he visto nacer en mi tierra son los
encierros de avestruces, el lanzamiento de azada, los campeonatos de
tortilla de patatas y las carreras de puercos. Basta con repetirlos un
par de veces para que tomen carta de naturaleza y sean incluidos en los
programas oficiales del pueblo. En poco tiempo, con la bendición de las
autoridades y el beneplácito de la afición, la ocurrencia se convierte
en acontecimiento sustancial del mismo rango que la procesión del santo
patrón. El arraigado tradicionalismo español no consiste en guardar
viva la memoria de antaño. Es una disposición permanente a sacar símbolos
de identidad de debajo de las piedras, no necesariamente por vía
arqueológica. Inventar, lo que se dice inventar, inventaremos poco;
pero gozamos de un ingenio privilegiado y de un orgullo tribal a prueba
de bomba como para convertir en típica costumbre la gracia instantánea,
no pocas veces fruto de una fugaz inspiración etílica o de un
malentendido pasajero. Señalaba Bertrand Russell que en todas las
actividades humanas es saludable, de vez en cuando, poner un signo de
interrogación sobre aquellas cosas que por mucho tiempo se han dado por
seguras. Si pusiéramos ese signo en todos los epígrafes del variado
repertorio de festejos tenidos por ancestrales en España, tal vez
quedaría muy poco de verdaderamente tradicional. Pienso ahora en esa
simpática congregación de masas llamada 'La Tomatina' que tiene lugar
en Buñol en el mes de agosto. Se trata, como ustedes saben, de
emprenderla a tomatazo limpio (si se me permite el adjetivo) todos
contra todos, abastecidos por enormes camiones que transportan toneladas
de la roja hortaliza. Corren versiones distintas sobre el origen de esta
tradición secular de no más de medio siglo. Según unos, hunde sus raíces
en el arrebato de un lugareño que, molesto por la música de una banda,
tiró un tomate al maestro trompetista. Otros hablan de una reyerta
entre noctámbulos que, a falta de armas más expeditivas para librar la
batalla, recurrieron a los proyectiles de la huerta. El caso es que con
el correr de los años se ha convertido en un acontecimiento folclórico
con dimensiones de fenómeno de masas. Hay que andarse con ojo para
emitir un juicio, pues al menor reproche puede saltar un lugareño
ofendido en lo más íntimo. Sin embargo, vista desde fuera, la entrañable
'Tomatina' es un deplorable homenaje a la guarrería; no solamente la de
los contendientes, llegados de los confines del mundo, sino también de
las autoridades que la patrocinan, propagan y financian para regocijo de
bárbaros y sonrojo de compatriotas estupefactos como quien esto
escribe.
Juan Luján.
Periodista. Miembro de FijetEspaña. Director de Cronitur
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