Gastarse los dineros en comer y beber
TODOS los sujetos de mi edad con los que me encuentro últimamente
parecen clones unos de otros y quién sabe si de mí mismo. Se han echado
algunos kilos de más, leen con gafas de cerca, parecen un poco más
bajitos, y se han llenado de canas si les queda pelo para ello.
Qué distintas son ahora nuestras charlas de aquéllas que
se mantenían hace veinte o treinta años, cuando los rojos e
inconformistas, si se veían en la calle, la primera pregunta era sobre
la manifestación del momento o sobre los panfletos que había que tirar
al día siguiente.
Ahora hemos cambiado la revolución por la restauración,
de tal manera que ya no hacemos excursiones si no es para comer alguna
cosa (generalmente buena y cara) en cualquier rincón perdido
De la misma manera que la enfermedad de Franco nos permitió diferenciar
una hemorragia digestiva de una trombosis venosa mesentérica (lo he
tenido que mirar, no se crean que me acuerdo de estas bobadas), los
últimos años del siglo pasado nos han venido como Dios para diferenciar
la salsa bearnesa de una reducción de vino de Borgoña en papillote (esto
me lo ha dicho mi amiga Mercedes, que de restauración sabe la tira). Y
no me digan que no es muchísimo más agradable compartir experiencias
sobre la mejor manera de cocinar el besugo que hablar de las heces del
Caudillo. Vamos, es que no hay color.
Ese placer por la comida viene acompañado por el gustazo que producen
los buenos vinos, en cuya materia nos hemos vuelto expertos. A todos mis
colegas les gustan los vinos caros y son capaces de explayarse en
asuntos tan complejos como el retrogusto a vainilla, los tánicos y, lo
más bonito de todo: la duración de la lágrima. Los de los restaurantes,
que son más listos que los conejos, cuando ven una mesa de cincuentones
ya no sirven un vino sin preguntar antes que quién lo va a probar. Ese
rito que consiste en coger la copa por el tallo, darle unas vueltas al
contenido, olerlo, probar una pizca, chascar el paladar y decir, sin
reírse ni nada, que está muy bien (nunca muy bueno) tiene relación
directa con la edad.
Aunque esto de entender de ultramarinos ni es barato ni es fácil, todo
se aprende con un poquito de paciencia. Por ejemplo, a la hora de
almorzar (nunca comer, que es mucho más basto) no conviene hacerlo con
un cantero de pan en la mano, porque eso indica que el comensal o sus
antepasados pasaron gazuza en su día. Díganme si conocen a algún marqués
que coja el tarugo comiendo y no lo suelte ni a la hora de pagar la
factura. En este terreno, frases o preguntas como «está de bueno que te
cagas», « oyes (así, con ese) ¿esta mayonesa es de bote?», o «¿tenéis
patatas fritas?», sobran por completo y denotan un origen plebeyo, que
no conviene exhibir en uno de esos restaurantes donde los platos parecen
una plaza de toros y la comida la moñeta del matador.
En cuanto al vino conviene evitar frases como «está mu rico», «joé, qué
fresquito» o «vaya pedazo de copa, parece un copón». Tampoco conviene
pasarse de listo y al hacer la cata darle vueltas, oler, paladear,
chascar y decir: es tinto. En estos casos lo mejor es mirar a la cara al
camarero, hacer un comentario sobre el color cereza, el sabor afrutado y
pedir un decantador, porque aunque usted no vea las piedras que hay en
el culo de la botella, seguro que las hay porque ese cacharro se pide
muchas veces. Y por supuesto: vale todo menos preguntarle al que sirve
el vino que por qué lleva un cenicero colgado al cuello. Eso no lo sé ni
yo mismo
Juan Luján.
Periodista. Miembro de FijetEspaña. Director de Cronitur