El dichoso
trenecito también en la dichosa Salamanca
¡Que
coñazo señor mío!
La
cosa es que casi ningún municipio llamado “turístico” se libra de uno de esos
molestos y poco estéticos trenecitos turísticos que recorren las calles con
exasperante parsimonia.
Yo no voy a entrar aquí en
disquisiciones sobre las molestias que el susodicho aparato causa al tráfico
rodado o los valores estéticos, o, para ser más justos con la realidad, la
absoluta ausencia de los mismos, de este tipo de inventos, trenes realizados en
serie que igual sirven para recorrer cualquier playa mallorquina atestada de
cemento y de alemanes cerveceros que una Ciudad Patrimonio de la Humanidad como
esta repelente Salamanca en la que, por desgracia, resido, de momento.
Lo que a mi verdaderamente
me altera del bendito trenecito es su condición de canto a la comodidad.
En estos tiempos que corren,
en los que la comida te la llevan preparada a casa, el trabajo lo realizas desde
tu domicilio por ordenador y ya hasta puedes ver películas de estreno por
Internet, sin necesidad de desplazarte hasta el cine, tiempos en los que el ocio
cada vez está más enlatado, estos aparatejos nos privan de uno de los ejercicios
más saludables y recomendables a la hora de conocer una ciudad, el de patear sus
calles, el pasear descubriendo por nosotros mismos sus rincones, creando nuestra
propia ciudad, algo fundamental sobre todo en el caso de núcleos históricos, que
tanto tienen que ofrecer en el pequeño detalle.
Cualquier persona con un
mínimo de sensibilidad guarda en su mente, estoy seguro, recuerdos de sus paseos
por distintas ciudades, rincones escondidos que aparecen de pronto ante los ojos
curiosos del visitante, ajenos a las rutas habituales, y que se convierten en el
verdadero alma del viaje.
Los defensores del invento
alegan que el trenecito siempre va lleno, posiblemente de personas que tienen la
intención de que le den mascada la ciudad, en vez de enfrentarse por sus propios
medios a sus monumentos, sus monjas o sus piedras.
Probablemente por personas
que, con esa actitud de <<fast-food>> mental de la que tan difícil es liberarse
en los momentos en que vivimos, prefieren ver el lugar sin el peligro de dejarse
un tacón en uno de los cada vez más escasos empedrados.
A este paso, y siempre en
aras de hacer más cómoda la visita, acabaremos recogiendo a los turistas en el
punto de llegada, proyectándoles un vídeo en la oficina de turismo de turno, a
través del cual podrán conocer las excelencias de la ciudad para después
pasarles (propongo un tunelito para evitar en la medida de lo posible el
contacto directo con la calle) al restaurante más cercano para que rematen la
jornada con un cordero asado (supongo que al menos la comida no la preferirán
virtual).
Ellos verán si se dejan.
Juan Luján.
Periodista. Miembro de FijetEspaña. Director de Cronitur