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MI
relación con las agencias de viaje está a caballo entre la satisfacción
que me produce que me arreglen los papeles para pirarme de vacaciones y lo
mal que llevo sentirme como un gilipollas al que las reservas y los
billetes nunca le cuestan lo que dice la publicidad. Esto sucede, sobre
todo, cuando se trata de pasajes de avión, que siempre me salen seis o
siete veces más caros de lo que anuncian, de tal manera que cuando veo una
oferta de ida y vuelta a Cancún, es un suponer, por 250 euros, siempre se
agota antes de que llegue yo, y los únicos billetes que quedan valen 1.000
euros, más tasas de aeropuerto, gastos de gestión, IVA, impuesto de
carburante, derecho de emisión, seguro de anulación y alguna otra chorrada
más. Por cosillas como estas me puse todo contento cuando empezaron a
operar las llamadas compañías de vuelos baratos, con las que, lo
reconozco, no he ido nunca porque yo soy un clásico que necesita el
billete de papel en la mano, una dirección física y una señorita también
física para ciscarme en sus muelas si falla algo de lo que me han vendido.
Y aunque puede que estas señoritas sean como esas que atienden las
reclamaciones por teléfono de las compañías de móviles, que el día que se
van a casa sin que se hayan cagado en sus muertos 25 clientes se sienten
como vacías, a mí me da tranquilidad tener la posibilidad de mirarlas a
los ojos y montarles un pollo de no te menees, sabiendo como sé que las
pobrecicas no tienen culpa de nada. Pero yo tampoco, como usuario que soy,
tengo culpa alguna de que pasen cosas como esta que me ha contado un amigo
que, harto de tener trabajos estupendos en esta región, donde tengo la
desdicha de vivir, se ha marchado a Noruega, a ver si encuentra alguna
cosilla que le permita comer todos los días.
En un correo enviado desde allí, mi colega me cuenta que «debía haber
volado hace unos días desde Valladolid, pero como tenemos un aeropuerto
del siglo XVI y había niebla se cancelaron todos los vuelos. Las compañías
normales pusieron un autobús y mandaron a la gente a Barajas a tomar otro
avión. Pero mi compañía de vueltos baratos no es normal, de tal manera que
cuando sus aviones no despegan tienes que buscarte la vida». Como no
salían aviones desde la capital de la comunidad, cambiaron el billete de
mi amigo por uno que partía al día siguiente desde Santander, adonde tuvo
que desplazarse por su cuenta, ya que para eso el vuelo es barato: para
que aprendas a resolverte tú mismo los problemas que crean otros. Así que
el chaval se pilló un autobús hasta Cantabria, donde se quedó a dormir
para no perder el avión que salía a primera hora del día siguiente. Y
sigue contando: «Tuve la vergüenza de llamar a un chico que conocí en el
camino de Santiago en 1999 y le dije que estaba en Santander y me acoplé
en su casa. Lo mejor de todo es que la mala leche que te provocan las
compañías aéreas se compensa con las alegrías que te dan las personas.
Tras cinco años sin vernos, me acogieron, me dieron de cenar y desayunar y
me llevaron al aeropuerto. Al llegar a Londres perdí mi conexión con Oslo
y tuve que buscarme otra vez la vida, ya que al tratarse de una compañía
barata no me devolvieron el dinero pagado y tuve que comprar otro billete
que, como ya era normal, me costó 300 euros».
Total, que el vuelo entre Valladolid y Oslo vía Londres que mi amigo había
contratado por 19.000 de las antiguas pesetillas se convirtió en 70.000,
sin añadir el viaje hasta Santander, la dormida y la cena y los dos días
empleados en realizar un trayecto que razonablemente no debería ser
superior a las seis o siete horas, contando los tiempos que se pierden en
los transbordos. Mi colega, que es más bueno que el pan, está convencido
de que «de nada sirve cabrearse con la compañía aérea, porque como ponen
claramente que es una empresa 'point to point', pueden pasar estas cosas».
A pesar de todo, les dedica un recuerdo cariñoso: «Me cago yo en el 'pointupoin',
lo que no me quita la sensación de sentirme estafado.
Juan Luján.
Periodista. Miembro de FijetEspaña. Director de Cronitur |