Poner en valor
CADA vez que oigo a un político decir la frase «poner en
valor» se me eriza la cabellera, me entra sudor frío, se me acelera el
pulso y me empeora la alergia. Mi médico no ha encontrado aún un
antídoto eficaz contra esta reacción en cadena que, por desgracia, cada
vez es más frecuente porque la frasecita en cuestión ha venido a
sustituir en el lenguaje de la clase política a aquello otro de los
escenarios que tanto le gustaba a Mayor Oreja y que creó escuela.
Lo malo no es solo que pronuncien la frasecita de marras. (A buen seguro
que el difunto Lázaro Carreter tendría algo que decir sobre el asunto
con su sabia ironía y con más conocimiento de causa). Lo malo es que una
vez dicho, una vez anunciado a bombo y platillo en los medios, se ponen
manos a la obra.
Y en ese mismo momento algo en nuestro patrimonio cultural, o natural o
intelectual corre un serio peligro. Y solo dan ganas de recurrir a esa
otra frase del chiste: «¡Virgencita que me quede como estoy!» o sea,
Virgencita que se olviden de ello y lo dejen como está, aunque sea un
estado un poco lamentable.
Porque, ¿qué se entiende en estos tiempos de confusión por 'poner en
valor'? Nada bueno y es mejor que nos enfrentemos a ello. Poner en valor
significa -matiz más o menos- sacar al mercado, con todas las
consecuencias que ello conlleva. Da igual que se trate de arte
religioso, de un bosque de coníferas o de los pergaminos del Mar Muerto.
Poner en valor es ponerlo en situación de ser consumido y la inversión
que se haga para llevarlo a esa desgraciada situación solo será rentable
en función de que el público capaz de consumirlo sea tan numeroso como
para que brille en una estadística.
Una vez lavado, maquillado, despatinado, adornado y robado el sentido,
el bien en cuestión estará dispuesto a recibir a los millones de
visitantes deseosos de dedicarle su 'tiempo de ocio' y a los cuales se
informará de su importancia mediante la instalación en las proximidades
de un centro de interpretación, cuyas explicaciones sean lo
suficientemente obvias como para que pudiera digerirlas un
extraterrestre que aterrizara por casualidad en el lugar. Una vez
construido el centro de interpretación siguiendo los cánones de la
modernidad y, a ser posible, del peor gusto, solo faltará adosarle la
cafetería y el correspondiente inmenso aparcamiento -cargándose el
entorno, ¿y qué!- no sea que una pequeña dificultad de acceso disuada a
los potenciales clientes y decidan estos que es más fácil llegar
-acceder- al centro comercial existente un kilómetro más allá, que
puestos a consumir lo mismo da un poquito de cultura empaquetada que una
hamburguesa doble y con ensalada gratis.
¿Qué tiempos aquellos en los que las cosas tenían sentido por sí mismas
y en los que la sensibilidad y el amor y el respeto por el patrimonio se
enseñaba en las aulas y no en los parques temáticos! ¿Qué épocas en las
que no se tenía miedo a los libros, que enseñaban tantas cosas y te
preparaban para salir de casa! ¿Qué tiempos en los que se educaba la
mirada! ¡¡¡Ufff!!! ¿Qué mayor me debo de estar haciendo!
Juan Luján.
Periodista. Miembro de FijetEspaña. Director de Cronitur
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