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Ternura en Luxor


Magda, Naria, Teresa

Nunca pensé escribir esta historia, pero cuando ayer la narré, en una sobremesa donde el tema de conversación era Egipto, casi me obligaron a que la contara por escrito, porque, me dijeron, parte de mi dulzura hacia aquel país, también a ellos les embargó el alma al escucharme.

Llegábamos mi marido y yo desde el Mar Rojo, en Hourgada (Egipto), después de atravesar el desierto en taxi y de noche, hasta la orilla opuesta del impresionante Templo de Luxor, para visitarlo. En una barcaza debíamos atravesar el río Nilo. Mientras esperábamos a que llegara, un niño pretendía limpiarle los zapatos a mi marido para conseguir un dólar: ¡Tenía gracia el chiquillo, con un diminuto papel en la mano se agachaba hasta rozar el suelo en su pretensión de limpiar! Le dimos la propina, claro; pero en unos minutos un enjambre de niños pedía un dólar con alegría gritona alrededor nuestro. Fueron los ancianos, que también esperaban cruzar el Nilo, los que les aplacaron riñéndoles por su vehemencia que casi nos tiraba al suelo. La barcaza llegó  y un grupo de esos niños y algunos ancianos pasaron con nosotros al otro lado. En el trayecto, corto, se me ocurrió hacer una fotografía al grupito; “Como amigos de la niñez”, pensé. Debían tener de ocho a diez años y la niña, que se llamaba Magda, me sonreía cuando la miraba, como queriéndome decir cosas. Estirándose la pequeña chilaba azul con que iba vestida, y tocada con un pañuelo rosa malva, daba la impresión de ser dulce y tímida. En el grupo de seis sólo ella era niña.

Llegamos a Luxor y los niños desaparecieron corriendo por la calle pero yo guardaba su imagen en la cámara de fotos y su alegría en mi corazón. Visitamos el portentoso Templo que pasma con su monumentalidad pétrea y su historia milenaria.

Ya en Madrid, reveladas las fotografías, vi las del grupito de la barcaza (un poco obscuras) y mandé hacer siete copias. “Para cuando vuelva a Egipto se las llevaré”, me dije, guardándolas. Pasaron ocho años y volví a Egipto, con motivo del 49º Congreso Internacional de FIJET. Con amigos y periodistas de todo el mundo,  visitamos la increíble ciudad de El Cairo, su Museo Arqueológico, el colorista y misterioso bazar Khan al Jalili, el Mausoleo de los Mamelucos en la Ciudad de los Muertos, la Ciudadela, etc….y, por supuesto, en Ghize, las intemporales pirámides que, cada vez, son más invadidas por la ciudad que avanza.

Como el Congreso continuaba con un crucero por el Nilo, preparé las fotografías infantiles. Al mostrárselas a mis compañeros les dije que se las llevaba con regalos desde España. Casi me ofendieron las carcajadas que les causó mi pretensión. ¿A quién se le ocurre, decían, después de ocho años, pretender encontrar a unos niños en Egipto, donde hay miles por todas partes?  “Pues a lo mejor los encuentro”, contestaba yo.

Se acercaba el barco al malecón y, ¡qué cosa!, me latía el corazón como si fuera a encontrarme con unos amiguitos de siempre. Cargué con una mochila repleta de regalos, con las siete fotografías y un paquete especial para la niña que ahora debía tener unos dieciséis años. Por eso, para ella, llevaba utensilios de belleza para una señorita y un bonito pañuelo de seda blanco.

Desembarcamos y yo me dirigí a un joven que parecía conocer las faenas de atraque. Le enseñé una foto y le pregunté que si conocía a alguno de los niños. Me miró y llamó a otro que vino muy deprisa y,  al mirar la foto, exclamó: ¡Magda! Mi corazón se derramó por mis ojos y casi no podía hablar de la emoción. Los periodistas, incrédulos, veían y oían, me felicitaban y me ayudaban a explicarme. Le dije al muchacho, mostrándole la foto, y yo estoy segura que me entendió: “Estos regalos son para estos chicos y este paquete es para Magda, ¿Sabes dónde está?” El respondió que sí, y por la traducción que hizo el guía, supe que vendía palomitas en Luxor. Le explicamos que la mochila con los regalos eran para todos los de la fotografía y que dentro de dos horas volveríamos al embarcadero para seguir viaje. El dijo que se los daría y se fue cargando con la mochila. Las bromas de mis compañeros seguían, ahora en la certidumbre de que nada llegaría a sus destinatarios. Yo era una ilusa con buen corazón, pero había tanta necesidad en el país…

Recorrimos una vez más el grandioso Templo -erigido varios siglos antes que los de Grecia- que asemeja un bosque de piedra con colosos sentados en sus tronos o de pie dando un paso adelante con el puño cerrado del que cuelga una cruz anillada como emblema que en Egipto representa la vida eterna. En el regreso hacia el barco pensaba si me aguardaría la niña Magda y me hice la ilusión de volver a verla y reconocerla ahora en su juventud. De mi no tendría ningún recuerdo, era pequeña cuando la conocí, habían pasado ocho años, son millones los turistas que visitan el templo… pero no me importaba nada de eso, la alegría ya la disfrutaba yo por dentro: Serían seguramente las fotos que les llevaba el único recuerdo fotográfico de su infancia, les habrían llenado de alegría los regalos y también de emoción al saber que una persona, para ellos desconocida, les recodaba con cariño.

Llegó la hora de zarpar, y, lentamente, el barco se alejaba de la orilla sin que nadie viniera. Subí a cubierta con mi marido y los periodistas, curiosos por mi obstinación, cuando lejos ya, vimos correr a una jovencita esbelta hacia el embarcadero, enarbolando en su mano un pañuelo de seda blanco: ¡Era Magda! La vela de una "dahabiech", en el Nilo, que el viento movía como ala de gaviota, borró la imagen de Magda a mis ojos. La perdí de vista pero la llevo en el corazón.

MARIA TERESA AGUILÓ SANMARTÍN

(Miembro de FIJETESPAÑA)